La pistola fue anclada después de estar bien ajustados los cinturones de fijación vertical. Con el casco tres veces comprobado y el visor en posición de radiación ultravioleta ángulo alpha.
La pistola la dejaron fija a la consola de mando, junto al botón rojo de la radio AM y la pestaña de eyección neutra. Tras el click el técnico RA-50, encargado del anclaje de estructuras, ni le miró ni le hizo gesto alguno. Tan solo un "confirmo pistola entregada" que retumbó en la radio y se devolvió con un "recibido" que en sus oídos terminó por ser un mensaje más entre muchos. Nadie vio su cara y nada salió de su boca. El procedimiento continuó tal y cómo había entrenado tantas veces. Anclajes, desconocidos vestidos de blanco, visor abajo, visor arriba, si estás bien levanta el pulgar y después un bufido que lo deja todo en silencio bajo el cuidado de un protocolo. Y la pistola ahí, dónde ningún manual le había dicho que iba a estar. La exclusa cerrada y él sentado mirando de frente la pequeña ventana que daba al gran azul, a las estrellas, al vacío y a la soledad. Escuchó el pitido y la voz del puente de mando.
- Comenzamos la cuenta atrás.
Cerró los ojos como le habían recomendado y se preparó para dejarse llevar. El impulso más grande jamás creado, miles de litros de combustible haciendo química a unos metros. Todo estallaría de una manera cuidadosa para empezar el viaje. Con la primera explosión abrió los ojos y descubrió el cielo precipitándose hacia él. Se hizo uno contra el asiento y pensó que entonces empezaba todo, incluido el deseo de vuelta a casa. Y la pistola le observaba a unos centímetros, como una interrogación metálica, haciendo que su cabeza comenzara a dar vueltas por dentro mientras su cuerpo giraba por fuera. Él, como un proyectil concéntrico, cerró los ojos, ahora sí fuerte, mientras en el cuadro de mandos de tierra se iluminaba el pequeño led azul que confirmaba el éxito de la maniobra. Ella y él, sin incidencias aparentes, ya estaban en órbita.