- Dame un beso y te respondo - ella.
lunes, agosto 24, 2009
Tópico (o eso creo)
- Dame un beso y te respondo - ella.
sábado, agosto 22, 2009
Obras

"Mi corazón como yunque para el alma,
llenando el suelo de piedras,
sin motivos para buscar el alba,
sin razones para tener ganas.
Las manos rotas de tanto poner cemento
para sostener un cielo que no brilla,
cansado de fabricar una cúpula vacía,
donde no puedo colgar las estrellas.
Taladro en los oídos que no cesa,
como sed infinita en lengua desierta.
No tengo ganas de seguir construyendo
si ya no encuentro las piedras.
Drenando una luz que no brilla
sobre cimientos de miedo,
dando sostén a un obrero
que hace tiempo quedó sin obra.
Termino en un grito la jornada,
dejó a un lado el uniforme.
Hago camino a las sombras
y enciendo mi vida.
No soy herramienta cuando empiezo a ser hombre."
jueves, agosto 20, 2009
martes, agosto 18, 2009
domingo, agosto 16, 2009
viernes, agosto 14, 2009
miércoles, agosto 12, 2009
¡Benditas ventanas abiertas!
Adoro el verano.
La gente se quita la ropa y abre las ventanas.
¡Benditas ventanas abiertas!
Durante el resto de estaciones mis ojos se estampan contra las persianas y no puedo echar ni un vistazo.
Sería todo perfecto si durante estos meses las horas no se bañaran de un sol impertinente que me obliga a estar escondido mucho más tiempo del acostumbrado.
Me muero de sed esperando a que anochezca y no puedo evitar lanzarme como un kamikaze en cuanto veo la oportunidad.
Aunque, eso sí, siempre utilizo tan sólo un colmillo.
Mejor disimular.
No quiero asustar a nadie.
lunes, agosto 10, 2009
sábado, agosto 08, 2009
Con las manos en la masa
jueves, agosto 06, 2009
Telescropio
El astrónomo observó el objetivo.
Desde que comenzó con la investigación nunca creyó que ésta tendría un final y había convertido su vida en un proyecto constante en el que la búsqueda sería su único trabajo.
Aquel día, para su sorpresa, tenía delante aquello que nunca pensó haber encontrado.
Incrementó el zoom y se aproximó aún más a ese conjunto azul que, sobre fondo rojo, le revelaba el motivo de infinitas disputas entre los hombres.
Cerró los ojos para abrirlos después todo que le permitían sus párpados y pulsó de nuevo el botón de aumento. Descubrió una textura increíble que reposaba, en estado casi líquido, sobre una peculiar superficie rugosa.
Se dejó caer sobre la silla siendo incapaz de asimilar la información que aquella increíble visión aportaba.
Entonces, envuelto en pensamientos fascinantes sobre el origen real de la vida, recibió un tremendo golpe en la nuca.
- ¡Que sea la última vez que coges mi sujetador para jugar con tu microscopio! – le gritó su mujer.
El astrónomo, aturdido, perdió por un instante la memoria.
Aquella amnesia le devolvió la sonrisa.
Observó el objetivo vacío y concluyó que la búsqueda ni tan siquiera había empezado.
Este relato participó en el concurso de julio de "Minificciones"
martes, agosto 04, 2009
Horizonte

"No está tan lejos el mar,
ni se hunde si andas despacio la arena.
Quizá sean mis pies la distancia
y mis pasos seguir para no caminar.
Puede que no tenga un motivo
y el sudor sea lágrima fría,
que limpiando una piel sin caricias
evitan del sol un castigo.
(Escucho)
El mar susurra en el oleaje recuerdos,
y dice que una vez fue.
Agitando un corazón que no sirve
porque mueve sangre seca sin sueños.
(Grito)
No soy sombra que bajo luz se apaga,
no soy humo en la distancia.
En cambio mi cuerpo es la mercancia
que transita un verano que nunca se acaba.
(Concluyo)
Y repito que no está tan lejos el mar,
ni está tan cerca el horizonte.
Los segundos son arena de playa
y, la vida, el océano que corresponde."
domingo, agosto 02, 2009
Trabajo forzado
viernes, julio 31, 2009
Estamos solos

Cuarenta y cinco minutos.
Esta vez parece que he necesitado menos tiempo para ganarme su confianza.
Ahora podré introducir la mano en el bolsillo sin llamar su atención. Pensará que voy a fumarme otro cigarrillo. Puede que incluso me ofrezca de nuevo el mechero plateado que ya me ha enseñado antes.
Iluso.
Encender mi cigarrillo en su imaginación será lo último que haga.
El problema es que no está solo, y el hecho de que no lo esté significa mala suerte para el resto.
La calle está vacía, no hay nadie rondando fuera y es tan tarde que este bar parece ser el último sitio con vida en toda la maldita ciudad. Como si esto fuera una cueva de crápulas que no tienen dónde ir y buscan, sobre una barra de madera, la forma de perder lastre mental frente a uno cuantos vasos llenos de alcohol.
Gente sola en compañía.
Paradójico.
Delante de mí está parapetado el camarero. No lo sabe aún pero el verbo parapetar está siendo conjugado por todas las cosas que tiene delante de él. No debe ser el dueño del local pues los dueños no suelen vestir el uniforme de la casa y el chico lo lleva puesto.
Blanco, limpio y recién planchado.
No me gusta el color blanco. Se mancha con demasiada facilidad.
En cambio ella ha elegido mejor. Tanto sus labios como su vestido son de una excitante color rojo. El mismo tono que por dentro tiñe la gasolina que mueve los músculos de su rostro y le permite sonreír mientras se lleva el cigarrillo a la boca. Me gusta pensar que su sangre es un combustible.
Inflamable.
Insinuante.
Al parecer debe venir a éste bar para trabajar en primera persona con los clientes.
No sé si me explico.
Un par de copas, un número impar de sonrisas y la cartera se abre para pagar un buen precio. La cartera se abre, bonita metáfora.
Siento empatía por ella, de algún modo su trabajo es prácticamente tan antiguo como el mío. Los dos recibimos dinero a cambio de varios suspiros.
Los suyos mejores, sin duda.
Además no es una mujer fea y pagar por sus servicios no debe suponer demasiado esfuerzo al que lo haga. Observarla ahora con la mano derecha suspendida en el aire mientras da una nueva calada me hace recordar a mi chica.
Mañana temprano le compraré unas flores.
Mi cliente se encuentra entre la mujer vestida de rojo y un servidor.
Vestido con un traje azul marino parece un tipo respetable. Como si pagara sus deudas, fuera un buen jugador y no engañara a su querida esposa. Tres mentiras y un disfraz.
Todo va a terminar muy rápido.
Me caen bien.
Y estamos solos.
El bar vacío con tres clientes y un camarero de uniforme. La enorme cristalera me permite ver perfectamente la calle y desde hace un buen rato no pasa ni un alma por delante del bar.
Testigos.
No quiero ninguno.
Primero dispararé a mi cliente. Es el único de los tres que puede llevar arma. Él es un perdedor y, como el gusano en el anzuelo, seguro que sabe que le quieren pescar. Si yo fuera él llevaría siempre un as del calibre número ocho en la manga. Para hacer trampas al destino.
Lo haré entre los ojos, le tengo cerca y será fácil. Imagino que cuando quiera darse cuenta ya estará muerto, pagando respetuoso a Caronte para que le de un paseo en su barca. Morirá sorprendido y con un mechero en las manos, apagándose al mismo tiempo que la llama que me iba a prestar. Parece simpático, el típico tipo que conoces desde hace poco tiempo y al que hacerle un favor entra rápido en tus planes.
Yo le prestaré uno, para que presuma en el infierno de que su asesino fue sin duda un buen tipo.
Le regalo el no darse cuenta. Un final rápido.
Después le dispararé a ella.
Apuntaré al corazón.
Lo haré ahí porque no quiero que su rostro se dañe, así cuando la entierren tendrá aún una bonita sonrisa con la que pedir perdón por sus pecados. Sé que si disparo al corazón es probable que le dañe uno de sus pechos, el izquierdo concretamente. Supongo que dará igual pues esto no tiene importancia allí abajo. Incluso si alguien en la morgue se dedica a amortajar cuerpos bonitos de forma peculiar puede que el insignificante hecho de no quitarle el sujetador no le importe.
Ese tipo de gente no tiene escrúpulos. Ni asco.
Ni ojos.
Otra ventaja en la dama es que en su vestido la sangre apenas llamará la atención. Su color rojo la hará diluirse pasando casi desapercibida. No habrá más huellas de muerte que aquellas que provoquen mis balas en el camino dibujado hasta llegar a su corazón.
Poético.
Para terminar, mataré al camarero.
Está detrás de la barra y, si quiere escapar, o la salta o debe levantar una trampilla que está justo a mi derecha para después salir corriendo.
La trampilla lleva por supuesto un rato bloqueada. Al llegar, antes de cambiarme de sitio y comenzar una estúpida charla con el cliente dejé delante una silla. No podrá abrirla.
Tampoco podrá saltar. No creo que haya visto muchos muertos y el volverse un experto tan rápido suele crear ciertos nervios y dudas. Permanecerá inmóvil.
Al chico le dispararé primero al vientre y luego al ojo derecho.
Con lo primero no voy a matarle. Quiero disponer del tiempo suficiente como para llegar hasta él y decirle al oído que no me gusta el color blanco. Que su jefe debería haber elegido cualquier otro.
No suelo disparar a la gente vestida de verde por ejemplo.
Manía estúpida, pero manía que le habría salvado la vida.
Lo de disparar al ojo derecho lo haré porque el último camarero que maté era tuerto del izquierdo. Debo equilibrar la balanza.
El arte de la improvisación, con su muerte, llegará entonces a su fin. Saldré del bar, pagando por supuesto la cuenta, y seré otra vez un fantasma con el bolsillo repleto de dinero.
Introduzco ahora la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta. Esta mañana estuve limpiando el revólver. Quizá brille tanto que incluso llegue a deslumbrar al cliente antes del primer disparo.
En la calle no hay nadie.
Es de noche. El silencio y la oscuridad me dan ya su permiso.
El tipo sonríe y muestra su mechero plateado, ofreciéndome fuego.
Cuarenta y cinco minutos y se cree ya un amigo.
Los cuatro en un bar.
Y hoy, otra vez, no quiero testigos.
miércoles, julio 29, 2009
ASAMBLEA DE PALABRAS









