Los monstruos se preparan para el comienzo de la película. Se miran unos a otros intranquilos. Cuando se apagan las luces los hombres lobos aúllan excitados al saborear sobre sus pituitarias el miedo en la carne putrefacta de los zombies.
La música comienza. Piano que juega con los agudos e irrumpe en orquesta sinfónica al tiempo que la pantalla se convierte en un cielo azul vacío de nubes. Silencio, salvo en los que necesitan gemir para respirar. Zoom picado que acompaña a un meteorito y permite ver un pueblo, que se convierte en calle, que se convierte en casa, que se hace agujero en el tejado y que percute sobre una gorra roja con visera blanca. Nada se oye en la platea salvo el golpe de la puerta al ser cerrada por el acomodador.
La gorra y el meteorito esférico permanecen en primer plano. Entonces, precedido por el silbar de una flauta dulce, surge un dedo rechoncho seguido de una mano infantil que hace desaparecer la pequeña piedra. El niño, de mejillas sonrosadas y pantalones vaqueros sonríe mostrando huecos entre sus dientes de leche. Los monstruos gritan asustados convirtiéndose incluso en murciélagos un par de vampiros. El acomodador gira la llave en el candado para que nadie pueda abandonar la sala. Él, goteando sangre entre las vendas, camina hasta su hacha y escucha indiferente los gemidos al otro lado la pared. Observa el reloj de arena que le indica cuándo habrá terminado la película y abre su viejo libro sobre cine. La lectura acerca de esa cosa terrorífica bautizada como animación le mantendrá ocupado hasta que pueda dejarles salir.
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